Por José Gabriel Sandoval

El gran engaño de la industria farmaceutica.jpg

Como era de esperarse llegaba la víspera del frio, donde Juan fumaba un cigarro mientras esperaba en la  entrada del local a sus amigos de colegio, quienes habían querido celebrar sus nueve años de amistad como lo hacían cada 16 de septiembre de todos los años. En el encuentro se juntaron los cinco mejores amigos, aquellos que se divirtieron como nuca, lloraron, sacaron buenas notas, en fin. Juan no se podía contener por la felicidad que es para el recordar aquellos momentos donde solo se divertía y estudiaba, pensaba que la vida no era tan complicada, hasta que claro, como todos los demás llego a la universidad.

Estando juntos en el bar tomando y tomando para disfrutar la velada Juan y sus amigos abordaron diferentes temas los cuales fueron llevando poco a poco a la oscura y fría noche de aquel viernes de septiembre donde uno de sus compañeros repentinamente enfermos. ¿Cómo me puede pasar ahora? Exclamo Carlos quien tocia como nadie, a lo que Juan le respondía con una sonrisa, que ese tipo de enfermedades se podían curar con algún remedio casero o plantas. Carlos por un momento sostuvo una mirada fija y penetrante sobre su amigo, sabía que  Juan al entrar en una universidad donde la ideología era netamente comunista había cambiado su percepción de mundo. Juan prosiguió: Es que ustedes no lo saben compañeros míos y es que muchas de las enfermedades que conocemos hoy fueron creadas por hombres, si aunque no lo crean esto es obra de las grandes trasnacionales que buscan enfermarnos, mantenernos dependientes de sus productos, si no me creen documéntense un poco y observen el caso de México en 2009 donde ataco con mayor fuerza el virus del h1n1 y en gran parte de Sudamérica, que casualidad que para ese entonces no había médicos que pudieran entender estos casos en México.

¿Juan que ha pasado contigo? ¿Por qué pensar ahora que todo lo que nos brinda Estados Unidos es malo?

A lo que Juan le respondió a Carlos: realmente no es Estados Unidos el culpable de muchas de las desgracias que acontecen en el mundo, no, no tampoco su gente. La culpa son de aquellos vividores, aquellos cerdos que buscan mercantilizar nuestro sistema y hacernos más vulnerables, queriendo controlar hasta nuestra manera de amar. La culpa es de esos seres que buscan oprimirnos a través de sus ideales capitalistas. Juan tomo un trago, y sonrió.

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